Dicen que ya no queda mucha gente normal. En el afán de querer ser especiales, hemos olvidado el valor de ser normales. En el afán de ser especiales, no nos damos cuenta de en qué nos hemos convertido.
Vivimos rodeados de inmediatez y superficialidad. Miramos la vida a través de una óptica con filtro por la que nos llega una realidad desenfocada. Tanto megapíxel en las cámaras y tan poca fidelidad en nuestras imágenes mentales.
Nos hemos vuelto expertos en juzgar y maestros de la opinión, todólogos que repiten lo que otros dicen haber oído o leído en algún lado como si fuera la realidad absoluta. Estamos tan (sobre)informados que se nos ha olvidado pensar por nosotros mismos. Hemos herido de muerte a la razón y esta se encuentra agonizando en algún rincón oscuro de nuestra alma.
De tanto mirar lo que tienen los demás, hemos ignorado todo lo que nos falta y, a fuerza de ignorarnos, sabemos a la perfección cómo deben ser los demás, pero no tenemos ni idea de cómo deberíamos ser nosotros.
La empatía se desvanece y la responsabilidad afectiva brilla por su ausencia. La implicación, el esfuerzo o el trabajo en equipo se desprecian. No hay voluntad por superar adversidades; en esta cultura del usar y tirar, ya no se arregla: se sustituye.
Y, de pronto, alguien normal que hace cosas normales se percibe como un ser extraordinario. Debe ser que el mercado de las relaciones personales está fatal.
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