Hablemos del dolor… y del sufrimiento.
Muchas veces confundimos ambos términos, como si se tratasen de lo mismo, y los utilizamos como sinónimos. El ser humano tiene cierta predilección por etiquetar las cosas a partir de su manifestación exterior y, en este caso, ambos pueden parecer muy similares. Pero no: no son lo mismo.
El dolor es una sensación interna, enormemente desagradable, que surge como reacción casi automática ante una experiencia adversa. Una pérdida, una decepción, un fracaso o un rechazo suelen ser fuentes de dolor. Su vivencia puede resultar tan intensa que opaque por completo cualquier otra cosa que esté sucediendo en ese momento. Toda experiencia palidece ante la sensación que provoca.
Permitidme contaros algo: cualquier muestra de consuelo ajeno suele resultar inútil ante él. Nada de lo que digamos o hagamos conseguirá aliviarlo por completo.
¿Significa eso que debemos mostrarnos indiferentes ante el dolor de quienes nos rodean? Ni mucho menos. Nuestro interés o nuestra mera presencia serán el bálsamo que servirá de base para digerir y reducir, eso sí, el sufrimiento. Sin embargo, en el momento de sentir dolor, la persona necesitará liberarlo de alguna forma: mediante el llanto, la rabia o la introspección —que muchas veces se confunde con indiferencia—. Tendrá que soltar lastre para evitar que el organismo termine colapsándose.
El sufrimiento, sin embargo, es lo que hacemos con ese dolor y, sobre todo, cómo lo hacemos. El dolor es visceral, automático e involuntario: sigue el principio básico de acción-reacción. El sufrimiento, en cambio, surge del procesamiento cognitivo —es decir, mental— de ese dolor.
Mientras que la fuente del dolor se halla en el pasado, la del sufrimiento suele proyectarse hacia el futuro, aunque ese futuro se encuentre apenas a un segundo de distancia:
¿Qué haré ahora? ¿Cómo será mi vida después de esta experiencia? ¿Cómo podré solucionar esto?
Son las preguntas habituales que apuntan hacia un momento que todavía no existe.
El dolor es un proceso adaptativo cuya función es motivar una reacción en el organismo. Indica a la persona que una situación debe resolverse, evitarse en el futuro o no volver a experimentarse. El dolor es una enseñanza, un mensaje.
Quizá algunos penséis que es una forma absurda de aprender algo que ya sabemos —porque ya sabemos que duele, ¿no?—. Sin embargo, si lo sabemos es, precisamente, porque lo hemos experimentado anteriormente, ya sea de manera directa o vicaria, a través de la experiencia de los demás.
El problema es que el cerebro funciona así: siempre nos avisa cuando algo no va bien y no acostumbra a hacer excepciones. Cuanto antes lo entendamos, mejor: siempre vamos a sentir dolor. Debemos aceptar esta premisa y, por tanto, aceptar el dolor que sentimos para reducir el sufrimiento que puede provocar.
La aceptación es el primer paso, pero no el último.
Después del dolor llega el sufrimiento, fruto del proceso de reestructuración que atraviesa nuestra mente para adaptarse a aquello que lo originó. Nuestra vida avanzaba en una dirección y éramos capaces de prever, con ciertas garantías, lo que vendría después. Pero un acontecimiento ha provocado un desvío y el rumbo se ha alterado, conduciéndonos por una senda llena de incógnitas y temores.
Mientras asimilamos esta nueva dirección y sus posibles consecuencias, es probable que alcancemos siempre una misma conclusión: la situación es negativa. Entonces, el dolor inicial —que, recordemos, se encuentra en el pasado— resuena y vuelve a vibrar con fuerza en nuestro interior.
Puede que creamos que no hemos superado el dolor porque volvemos a sentirlo. En realidad, lo que sentimos es la reactivación de su recuerdo. De alguna manera, nos aferramos a la situación que teníamos antes del cambio, pero esa situación ya no es real: ha dejado de existir.
Esa es una de las claves para reducir el sufrimiento al mínimo indispensable: aceptar, una vez más, que nuestra vida ha cambiado. La realidad es una y está justo frente a ti. No importa lo que podrías haber hecho, porque ya no podrás aplicar esas hipotéticas soluciones. No importa lo que hubiera pasado si…
Tras aceptar la realidad, el siguiente paso consiste en comprender qué podemos hacer con ella. Debemos plantearnos varias preguntas:
¿Puedo aprender algo de ese dolor? ¿Puedo hacer que sea constructivo?
Sea cual sea la respuesta, la siguiente pregunta debería ser:
«Muy bien, la situación ha cambiado. ¿Y ahora qué?».
Desgraciadamente, no tengo una respuesta universal. Cada situación y cada vida son completamente personales, y no existe un protocolo útil para todo el mundo. Sin embargo, tú mismo puedes estudiar las alternativas que ofrece tu nueva realidad.
Lo que sí puedo asegurar —y esto resulta aplicable a todos los casos— es que permanecer inmóvil, encerrado en ti mismo y sin hacer nada no cambiará el pasado. Además, tampoco te permitirá disfrutar del futuro porque, aunque suene un poco duro y banal, la vida continuará siguiendo su curso.
El dolor es inherente a la vida y, hasta cierto punto, inevitable, porque no siempre depende de ti. Sin embargo, podemos aprender a conducir y canalizar la manera en que nuestra mente responde a él y, por tanto, influir en la duración y la intensidad del sufrimiento.
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